Rio Caribe en la historia
Personajes Río Cariberos
Licaco y Eduin
Dos personajes de mi barriada de La Playa, la Plazoleta y el Alambique
Por: Douglas Figueroa
In memoriam
Licaco y Eduin eran dos personas que hoy recordamos con mucho cariño, no obstante el tiempo que ha transcurrido. Ellos eran humildes trabajadores que en el desempeño de sus diferentes oficios por la barriada, contribuyeron en el día a día a alegrar en el transitar de nuestras vidas de niños a adolescentes, y nos dejaron alguna huella por sus maneras de ser y actuar. Nosotros fuimos testigos de sus ocurrencias, manías o actos graciosos que siempre llamaban la atención y daban de que hablar; ellos lograron calar en el corazón de la gente y deberían ser parte del patrimonio histórico de nuestro pueblo rio caribero.
Domingo Rondón (Licaco)
El Frutero mayor
Cuando no encuentran a otro, me llaman a mí Licaco contaba con el cariño y aprecio de todo el mundo, por ser una persona muy jovial, de sonrisa fácil, dicharachero y muy gracioso. Se ganaba la vida alternando durante el día entre dispares labores: En la mañana trabajaba como repartidor de pan a domicilio, el Toast bread delivery de la época. Madrugaba y bien temprano se iba a esperar que saliera el pan del horno de la panadería del Señor Luis Reyes en la Avenida Bermúdez. Él tenía un canasto grande que cubría con blanquísimos paños de la misma tela de los sacos donde venía la conocida harina Gold Medal y lo rebosaba con panes de trigo bien calienticos. Se echaba ese cesto al hombro y emprendía su trajinar por las calles de la barriada; con alegría y jovialidad anunciaba su pan con pregones que siempre los hacía en versos cantados, con rima y armonía:
…Pan, pan, bien calientico, acabaítos de sacá, pan, pan… aprovechan ahora, porque ya se me va a acabá.
Una vez que terminaba su jornada de reparto de pan en la mañana, por la tarde ofrecía el Express Services. Licaco iba a su casa en busca de su vieja carretilla de hierro, de las utilizadas en albañilería y se estacionaba en la calle frente a la playa, sentado bajo la sombra de una mata de almendrón; allí esperaba pacientemente, que la gente acudiera a solicitar sus servicios. Él tenía gran facilidad para cargar y transportar cosas pesadas, debido a que era grandulón y de fuerte contextura: Trasladaba los productos que la gente compraba en la playa o en el mercado, pescado, carne o vituallas; también lo solicitaban para pequeñas mudanzas a las casas o lo mas frecuente, buscarles agua potable en baldes, latas y bongos desde la pila del Molino. Tareas todas que él hacía, aspirando por una simbólica propina y que siempre cumplía con mucho afán y entusiasmo.
Su más agotadora faena, la dejaba para las horas de la tardecita, cuando el Sol estaba más calmado. De nuevo los chirridos bulliciosos de las ruedas de su carretilla se oían por la calle ofreciendo sus servicios, pero esta vez era para recoger y luego botar, los trastes, peroles y cuantos cachivaches acumulaba la gente arrumaos o tiraos en los patios de sus casas. Las garrafas y botellas de vidrio luego las vendía, reciclaje. Para esta tarea, ahora entonaba un nuevo cantaíto:
Aquí voy pasando yo, pa’ to lo que ustedes tengan pa botá,... aquí voy pasando yo…
Si la gente de las casas no se interesaba por este servicio, entonces él, lejos de ponerse triste y afligido, seguía su camino sonriente, cantando este verso con rima y armonía:
…Cuando no encuentran a otro me llaman a mi… me llaman a mi… Pero después cuando me busquen, se jodieron porque yo ya me fui,.., yo ya me fui…
Él era un gracioso conversador que después de cenar siempre se aparecía en la noche por la esquina de la bodega de Cletico frente al Molino, donde se la pasaba echando bromas y a los muchachos nos entretenía bajo el poste de la luz, contándonos animadamente cachos que él siempre inventaba. Todos le escuchábamos atentamente pero a veces sus jocosas cobas llegaban a la exageración y entonces le tildábamos de rolo e’ mojonero. Algunos solían hacerlo enfadar con bromas pesadas llamándole come aguacate (una expresión para cornudo en el argot riocaribero) o diciéndole algunas cosas que le hicieran ponerse serio como: … Licaco, hoy vino por ahí la señora Eduarda preguntando por ti…; entonces él, muy inocentemente respondía: ¿y que sería lo que ella quería?...; le decíamos entonces: Pues parece, que estaba muy enfadada en busca de un carajo que vieron persiguiéndole sus chivas por allá arriba por el cerro de la Ermita. ¿No fuiste tú, Lico?... Eso bastaba para borrarle su sonrisa, y con el ceño fruncío, pegando un brinco, dijera:
Sácamelo,.... Vergajos,….no sean ustedes tan Culeros…y vayan todos a jodé a otro o a hacerse la Puñeta, no me joooodan!
Edwuin Daután (Eduín)
El celoso guardián de la plaza en honor al Gran Mariscal de Ayacucho
Eduín era un señor de tez morena oscura, oriundo de la vecina Isla de Trinidad y se le notaba su acento medio patuá. Desde que era un muchacho había sido traído al pueblo por Chico Oliveros, mi abuelo paterno, quien lo adoptó y le consiguió un empleo municipal como guardián y encargado de las áreas verdes de la Plaza Sucre. La plaza había sido construida en el año 1926 como un lugar de encuentro y esparcimiento para la comunidad en honor al héroe insigne hijo de nuestro estado. Eduin era un admirador de la gesta independentista del Gran Mariscal de Ayacucho, se tomó ese trabajo muy en serio y se dispuso a cumplir con sus obligaciones de forma responsable y eficiente.
La Plaza Sucre brillaba como una tacita de oro, gracias a la atención y tanto esmero que él le dedicaba a sus plantas, regándolas a diario y hasta haciéndoles obras de arte con la magia de sus tijeras. Recuerdo que tenía bajo su cuidado muchas matas de rosas, cayenas,lirios, azucenas, orquídeas, y también fruticas de vinagrillos, mararabes y cerecitas. Eduin se hizo la fama en la comunidad de ser muy estricto y celoso para el cumplimiento de las normas; se le veía como una autoridad única en la plaza donde todo el mundo andaba derechito. Cuando él desde lo lejos divisaba carajitos en plan de alguna tremendura o que pretendían arrancarles las flores a sus plantas, los alertaba con un silbato. Si estos se hacían los sordos, él no dudaba en ir a sermonearlos, pero lo hacía con un tono afable, cordial y respetuoso. Por eso todos los muchachitos y jóvenes le guardábamos mucho respeto. Recuerdo que conmigo en particular, él siempre tuvo un trato muy afectivo por ser nieto de Chico Oliveros; yo me acostumbré desde niño a pedirle siempre la bendición.
La Plaza Sucre, con la estatua del Gran Mariscal de Ayacucho. Edwuin Dautan (Eduín), fiel guardián encargado de su custodia.
No era mucho lo que a él le pagaban por su trabajo en la plaza y por eso se ayudaba económicamente dedicándose unas horas en las mañanas a la venta de esnobor (Snowball o bola de nieve), porque tenía una carrucha que estacionaba muy cerca de la plaza y justo enfrente de la playa. Allí lo veíamos detrás de su carrucha rodeado de gente sedienta ante el sofocante calor, pidiéndole con desespero sus esnobores. Con cepillo en mano, Eduin raspa que raspa el hielo de la panela para ponerlo en un vasito de papel y luego agregarle el preparao de sus botellas. Preguntaba: ¿De qué lo quieres?. Aquí les tengo: Parchita, limón, tamarindo, catuche, coco, guayaba, jobito’el río, o si prefieres un frapé de jarabe de frambuesa o granadina con un salpicao de leche condensada. Este refrescante granizado conocido en otras regiones como cepillao o raspao, era la mas apetecido porque por solo una locha te calmaba la sed ante el asedio de aquel picoso Sol riocaribero.
Edwin vivía en una pieza que tenía alquilada en el callejón adyacente a la plaza. Desde allí, tenía visión sobre todo lo que ocurriera en cualquier momento y bastaba que él se asomara desde la puerta de su casa. En las horas nocturnas era muy escasa la iluminación de la plaza; esto era aprovechado por las parejitas de enamorados que se sentaban en bancos de lugares apartados donde transitara poca gente para pelar la pava en la intimidad; pero allí les llegaba Eduin para ponerles límites, con amabilidad y un dedo apuntando a la estatua del Mariscal, les recordaba que debían guardar respeto por su imagen.
En el pueblo la luz la apagaban al acercarse la media noche y de allí en adelante todo quedaba en tinieblas. Los bancos de la plaza para nosotros eran los sitios de encuentros para amenas conversaciones nocturnas, y seguíamos departiendo sin importarnos la oscuridad, cotorreando contando anécdotas, y cachos (cuentos) hasta altas horas de la noche. A veces las risas y carcajadas se nos iban de control, y era entonces cuando unos ojos y dientes blanquecinos que brillaban en la oscuridad se veían venir desde lo lejos. Entonces alguno del grupo hablando bajito alertaba, muchachos paren la gritadera y bajen la voz que parece que por allí anda el negrito Eduin. En efecto, después de una pausa y cuando menos lo esperábamos, el silencio lo rompía su voz soñolienta y medio enredá:
Carajitos, ustedes no se cansan de tanta habladera de guevonadas y culerías a altas horas de la noche, déjense de la guachafita y la jodedera, váyanse para sus casas que yo también tengo que dormir no jodaaa…
Desde la Organización Social Otro Río Caribe Posible, agradecemos a nuestro paisano y amigo Don Douglas Figueroa por tan excelente nota del recuerdo sobre Río Caribe y sus personajes
Carlos González
Organización Social
Otro Río Caribe Posible



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